(Mañana ha sido hoy tan de repente)

Gabriel Celaya sin pelos en la lengua


20m102009
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En 1951 Gabriel Celaya le escribió a Miguel Labordeta un poema-carta que fue publicado en Las cartas boca arriba.

Como para pensártelo dos veces antes de volver a firmar cualquier bobería de esas que últimamente traigo obscenamente a la Ciudad de Sol. Ustedes me perdonen, procuraré aplicarme.

A MIGUEL LABORDETA

Desde el asteroide Ge Celaya Cincuenta,
con cielo despejado y, en mi centro, un bostezo,
hoy veintitrés de junio, tan sin pena ni gloria,
mientras con viento fresco me lleva el Nornordeste,
te saludo, Miguel, por si acaso aún existes.

Las últimas noticias son normales, muy tristes:
Se casan con notarios nuestras adolescentes;
se ríen en mis barbas los hombres de negocios;
la brisa sólo es brisa - no un ángel extraviado -;
y Dios, allá en su cielo, sigue siendo un Dios mudo.

Da miedo ver las gentes que pasan por las calles.
Si uno les preguntara su nombre no sabrían
qué contestar en serio, qué decir limpiamente.
Yo les dejo que pasen bajando la cabeza.
No quiero ver. Me asusta que los muertos caminen.

Más vale estar callado. No vaya a ser que al ruido
de "¿qué tal su familia? La mía, muy bien; gracias",
algunos se den cuenta de que estaban ya muertos,
que no tienen sentido, ni un yo con nombre fijo,
y entonces se desplomen odiándose a sí mismos.

Dejémosles que pasen felices: "Pasen, pasen,
señoras, caballeros (y los ancianos, gratis)".
Pasen como si nada, pues que vivir es eso.
Garantizo la puesta de sol de cada tarde.
Garantizo prodigios, bellezas a su alcance.

Nosotros, charlatanes, les brindamos sin precio
maravillas de circo, payasos por sorpresa,
animales salvajes que pasan por el aro,
equilibrios mortales, versos malabaristas
y un mago ilusionista con yo de doble fondo.

Quizá, Miguel, debiera callar tanta indecencia,
tanta gloria excesiva, tanto día barato,
mas me asustan un poco tus tremendas preguntas:
"¿De dónde diablos vengo?" y "¿qué hago aquí pensando?"
Comprende. Estas son cosas que no deben decirse.

Ya sé que entre tus cuatro paredes te sublevas,
que tus noches son anchas; tus cóleras, abstractas;
tus límites absurdos, y tu luna cuadrada.
Ya sé que hay diminutos instantes como selvas
donde al perderte piensas quizá que te engrandeces.

Ya sé que hablas en serio como un mágico niño,
como un hombre excesivo, como un Dios en proyecto.
Ya sé que tus bostezos de tarde de domingo
desfondan cero a cero tus últimas defensas,
te abren los trascendentes e irónicos abismos.

Te escuchas a ti mismo creyendo que preguntas.
Eres un europeo fatalmente enredado
en las contrarrespuestas de un yo tomado en serio.
Treinta siglos y pico de cultura son dentro
de ti tan reales como el hambre y la rabia.

Paseas como un traje de gala tus problemas
con una larga cola de lujo complicado;
paseas por la sala donde los suicidados
nos enseñan la lengua, seriamente absolutos.
Impúdico y solemne, me muestras tu intelecto.

Hay músicas que invaden los repliegues secretos,
hay movimientos raros del yo y del intestino,
hay horrores carnales, y hay tormentos divinos,
y hay místicos cansancios, y hay misterios sexuales
que, unidos, se levantan, son una misma pregunta.

Tus cuestiones, por simples, resultan excesivas.
No deben enunciarse. Son cosas del pasado.
Son esa filogenia que llamamos cultura.
Son la historia del hombre que no se cree finito.
Son abismos con eco. Son dioses espejados.

Mil huecos, mil cavernas marinas resonantes,
mil entrañas confusas donde un pasado llama,
donde rompen las olas, la marea va y viene
y una anfibio lustroso, pesado, lento, gruñe,
sostienen tu pregunta, la vuelven inhumana.

Los insectos egipcios, los ciclos naturales,
la lógica perfecta de absurdos laberintos
e igual, al fin y al cabo, gramófonos con musgo
me repiten, mojados, genitales, nocturnos,
por todos los suburbios modernos tus angustias.

Puede ser Jean Paul Sartre, puede ser un bolero
de moda con su linfa sensual, y densa, y dulce.
Somos ya tan, tan viejos, que en vano procuramos
hacer gestos sencillos, crear música fácil.
Cualquier cosa que hagamos se carga de sentido.

Aquí estamos, Miguel, sentados frente a frente.
Si te miro, si trato de entenderte un poquito,
me pierdo en tus preguntas y ya no sé qué digo.
A veces unos puntos suspensivos a tiempo
resultan más profundos que un verso archipensado.

No te escribo tratando de ahondar aún más tu abismo.
No escupas más: "Decidme, ¿sabéis por qué he nacido?"
Mejor es que te vayas al cine sin pensarlo
con tu dulce bobita, tiernamente indecente,
y juegues al amor o a sus equivalentes.

Estos actos vulgares nos certifican hombres
con sus necesidades de sangre, y semen, y aire,
buscadas normalmente conforme a bellas leyes.
Si al respirar, cantamos; si al asaltar, amamos,
somos hombres cabales que cumplen lo que deben.

Me gustas cuando dices “gracias” a cualquier cosa.
Gracias al tranviario que te ha dado un billete,
gracias a tu bobita, y a un amigo –un don Nadie-
que ocupa un lugar cierto como una nube-instante.
Me gustas si te noto puntualmente contento.

Dejemos las preguntas de ayer para mañana.
Gocemos del presente: Ser ahora mismo un hombre.
¡Qué bello ese tilo dorado que contemplo!
¿Bonito? ¡Sí! Bonito. Simplemente bonito
como el mundo evidente cuando miro tranquilo.

Ya sé que tú te doblas de ironía, y lo piensas;
juegas al escondite poético al nombrarlo;
le llamas, por ejemplo, raíz rubia de marzo
y al hacerlo te sientes creador trascendente,
distante, un poco triste, burlándote a ti mismo.

Comprendo como míos todos tus sobresaltos
galvánicos de cuerpo mal electrocutado:
El tremendo deseo de ser único y solo,
anunciar a las cosas que existen porque existes,
que cuando Dios se calla, tú lo sostienes todo.

Monótona, vacía, doblada de sarcasmos
es el alma del mundo dada por absoluta
como el mar que repite siempre un único verso,
mas al repetirlo le encuentra mil sentidos,
mil ecos del vacío que siempre está de vuelta.

Los pecados no existen. Son pequeños errores
del hombre que no sabe ya qué quiere o no quiere.
Dolor sin esperanza, sueños desordenados,
espumas luminosas de embates que golpean
la roca del yo virgen que pese a todo existe.

Existe, mas es raro su modo de existencia:
Evidencia inconclusa que mueve su rabito
alegre, impertinente, superfluo como un guiño,
suspensiva pregunta de sí mismo a sí mismo
que ahonda en sus espejos, doblándose fantasma.

Tus excesos, Miguel, por los despeñaderos
del yo crudo y salvaje que se inventa distinto,
tus ecos, que persiguen verso a verso la nada
de todo lo inmenso que no se determina,
profundos por vacíos, me suenan a Beethoven.


La vida se nos vuelve remota en el poema.
Ni tú, ni yo, ni nadie somos ya lo que hablamos.
Sabemos demasiado. No vemos lo que vemos.
Descubrimos sentidos extraños en las cosas
que siendo sólo quieren tener nombres no sidos.

Sorbo tu poesía, Miguel, como un Martini,
un Paul Eluard, un giro que no sé adónde lleva
y en su hora pura es sólo como un latido sordo
de vena violeta de plata corrosiva
en una ganga amorfa que duerme, pesa, duerme.

Me encantas. Me fastidias. Me drogas. Me vulneras.
Son las cóleras dulces del aire sin secretos
y es la mujer silvestre que ahora toco y no veo.
Son las llamas contrarias de un día violento,
las ideas que giran sobre un supuesto centro.

Ser único, ser Dios, así como si nada.
Ser, pese a lo imperfecto, poeta inevitable.
Ser un hombre en el aire que no pesa ni piensa,
que burla porque sufre, que llora porque existe,
que, sin culpa, se sabe mortal e inigualable.

Pero vuelvo a decirte, Miguel, que aunque comprendo
las risas trastornadas, los ojos agrandados,
la lepra de la luna, los daños sin remedio
y ese amor que influencia tu vida abierta y loca,
me vuelvo a la materia, me niego a tus incisos.

No explico. No discuto. No intento convencerte.
No me mido con otros. No lucho contra nadie.
No quiero ser distinto –ser más, ser matando-.
No insisto. Pongo sólo delante de tus ojos
mis restos de alegría salvados del desastre.

Tantas complicaciones, tanta belleza fútil,
tantas delicadezas de un don Yo vulnerable,
tanta hambre sin sentido que a veces se agiganta
y cree que si los otros se achican, don Yo crece,
me invitan a ser pobre, banal, mudo, cualquiera.

Por lo demás, si quieres saber cómo me arreglo,
teniendo siempre en cuenta que encima del tejado
maullan a la luna metafísica y gato,
que debemos torcerle el cuello a lo excesivo,
te contaré las horas que aún puedo llamar vida.

Me gustaría hacerlo como Cheng-Tcheng narraba
la historia de su infancia, con frases cortas, secas,
con las fechas exactas, los nombres adecuados,
con cifras que eliminan todos los adjetivos,
con esa sencillez de “así fue; no comento”.

La sed con que he bebido cerveza esta mañana,
la muchacha que ayer besé rendidamente
con ansia que crecía, y hoy besaré igualmente,
y estar en la terraza fumando hora tras hora
resumen sin más cuentos mi vida de existente.

Si te contara todo, si fuera eso posible,
si abriera en estos versos un solo instante pleno,
si vieras cuanto exaltan los gozos materiales,
cuanta vida contienen los hechos más sencillos,
Miguel, disfrutarías de ser hombre finito.

No luches. No propagues. Contente en tu momento.
Deja las extensiones a Dios, que sabe y calla.
Dimite de tu carga de orangután celeste.
No charles más. No grites. No hagas versos extraños.
No imites al Ausente. Recuerda: Eres un hombre.

Vestirse, alimentarse, ganar el pan, morirse,
no son cosas vulgares aunque otra cosa dices.
Ver a las pobres gentes sonámbulas que pasan
es olvidarse un poco de que uno es pobre gente,
creer que porque mira de lejos es divino.

Mas tú también te mueres. Mas yo también me muero.
Somos seres cualquiera y hombres extraordinarios
capaces de entregarse por una idea, un beso,
un pájaro, un absurdo, uno mero “eso es posible”,
unos preliminares de vida en subjuntivo.

Todo eso forma parte del ser mortal que somos.
Vivimos de morirnos. Vivimos de entregarnos.
Vivimos de ser otros, cambiando, entusiasmados.
Somos las disponibles conciencias descentradas,
perdidas, extasiadas, en todo lo que existe.

Somos seres vulgares y a un tiempo extraordinarios.
Vivir como vivimos, conscientes, limitados,
sabiendo más que nadie, más siendo mucho menos,
convierte los instintos en ímpetus sagrados,
convierte lo que somos en algo que es sin forma.

Si yo vivo al minuto, si no resisto a nada,
si todo lo que absorbo revienta en mí al instante,
dejando disponible mi sed de cualquier cosa,
es claro que esta carta, Miguel, vale tan poco,
tan mucho como un rayo y un pálpito parado.

No sé por qué te escribo. No sé muy bien qué digo.
Noto como me invade lo oceánico y no acabo.
Cada palabra escrita me compromete un tanto
por ciento de las aves, hermosas si volando,
suciamente expirantes si las guardo en el puño.

Si en esta carta larga con más viento que vela
no he dicho lo contrario de aquello que he intentado,
si no pasa por ella mi más que pensamiento,
Miguel, soporta el fardo de un nuevo amigo inútil,
soporta mis fracasos de vuelos vueltos versos.

Adiós Nerón Jiménez, de dientes inclementes.
Adiós, Valdemar triste, tan bello entre las nubes
que crecen cuando, lenta, la tarde todo olvida.
Adiós, Miguel, amigo, pequeño, raro, hermano.
Adiós a los enigmas contrarios que tú encierras.







(si lo has leído entero, muchas gracias. Si no has tenido tiempo, encuentra un hueco.)

6 han querido poner más luz en esta calle

Blogger Carz, cual luciérnaga, añade que...

Ser un hombre -en cuanto que persona-
es ser todo lo distinto a lo que parece,
es ser con todo lo que sobra
y ser sin falta lo que falta,
es ser un infame mutante
y ser un monolito inmóvil,
es ser aparente transparencia,
y ser hondura en lo sencillo,
aportar levedad a lo que importa
y empeño irreductible a lo superfluo.

Es ser deseo por principio
y, por principios, abjurar de los deseos,
es sentir que la vida nunca avanza
y sentir que se nos escapa entre los dedos,
es rendirse a la negrura
y de la rendición hacer una trinchera,
construir armas pacifistas,
enarbolar con odio una bandera,
desear la vida y dar la muerte,
odiar la muerte y quitar vida,
sentir hambre y dar el pan
y, por capricho, causar hambre.

Es ser una putada cósmica incrustada
en un manojo de músculos y nervios.



Eso, o todo lo contrario.

20/10/09 17:12  
Blogger libertad, cual luciérnaga, añade que...

Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta...se quedó con el nombre y apellido de en medio. Como yo me quedé con este poema la primera vez que lo leí, y que ahora acabo de releer gustosamente en tu blog.

20/10/09 21:23  
Blogger Laluz, cual luciérnaga, añade que...

"Vivimos de morirnos. Vivimos de entregarnos.Vivimos de ser otros, cambiando, entusiasmados.
Somos las disponibles conciencias descentradas, perdidas, extasiadas, en todo lo que existe."

Me asusta, que la vida en ocasiones quiere darme muerte mientras vivo,("me asusta que los muertos caminen") y me deje sin luz para ver lo que conmigo cohabita. Lo que trae, el milagro a cada día. Menos mal que de momento, casi nunca lo consigue.

(Mmm.. perdón por qué? Yo obscenidades aún no vi ninguna)

20/10/09 21:35  
Blogger ybris, cual luciérnaga, añade que...

Haré mías las palabras de Celaya ahora:
"con esa sencillez de “así fue; no comento”."
Sólo te diré que esta lectura que hoy traes me ha impactado. No la conocía ni había leído nada del hermano de José Antonio Labordeta a quien tanto admiro.
Así que me he perdido por lejanías que hace tiempo no frecuentaba con tanta hondura.
Seguiré leyendo esta carta y los poemas de Miguel hasta apurar la emoción que me invade ahora.
Solo para ti hoy una palabra: gracias.
El resto para ellos.

Un fuerte abrazo.

21/10/09 06:10  
Anonymous Anónimo, cual luciérnaga, añade que...

También yo deseo agradecer.
Felicidades.
Insanity

21/10/09 21:07  
Blogger Athena, cual luciérnaga, añade que...

Entero. Es increíble, yo tampoco lo conocía.
Estoy sin palabras.

Gracias por descubrírmelo.

Un abrazo

22/10/09 07:30  

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